Campos roturados

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Campos roturados

341 paginas
Digitalizado por Claudia Daniela
Editado por Templando el Acero
MIJAIL SHOLOJOV (1893-1985)
Este genial escritor soviético nació a orillas del río Don en 1893, en Kurshlino, en el seno de una familia de cosacos. Participó en la Primera Guerra Mundial y luego en la Guerra Civil que la burguesía desató contra la revolución. Se afilió al Partido Bolchevique; fue inspector de la milicia y también trabajó como periodista y editor. Ocupó diversos cargos militares, administrativos y políticos, llegando a ser elegido diputado del Soviet Supremo de la URSS. Fue galardonado con el Premio Stalin y condecorado con la orden de Lenin; hasta el imperialismo se postró ante su maestría narrativa y, en plena guerra fría, tuvo que otorgarle el Premio Nóbel de Literatura en 1960.
Empezó a escribir en 1925, y rápidamente alcanzó una enorme fama, sobre todo después de publicar EL DON APACIBLE, que redactó entre 1929 y 1935. Luego escribió CAMPOS ROTURADOS, que describe la vida campesina en una aldea koljosiana.
Estamos en presencia del que quizá sea uno de los mejores novelistas del siglo XX, un autor que sintetizó admirablemente el aliento vital de la mejor novelística rusa, especialmente Tolstoi, con el realismo socialista, del que es un exponente sublime. En sus páginas está sin duda la Rusia de siempre y, de sus dramáticos rescoldos, va brotando con fuerza una nueva sociedad. No es sólo la lucha de clases: todas sus narraciones están preñadas de contrastes y contradicciones, desde el paisaje, peinado por un viento gélido o aplastado por el sol ardiente, hasta los cosacos embrutecidos que dudan entre la revolución y la contrarrevolución.
En el Congreso del PCUS celebrado en 1956 Sholojov criticó a los escritores que pretendían describir verazmente la vida soviética, sin abandonar sus cómodos despachos de Moscú. Y es que sus novelas rezuman sinceridad; se puede reconstruir la historia de la cruenta Guerra Civil en EL DON APACIBLE mejor que en en cualquier manual de historia contemporánea.
¿Quién insiste en que ya no hay héroes? Todos los protagonistas de las novelas de Sholojov lo son, sin necesidad de recurrir a leyendas ni mitos; le bastó con mirar a su alrededor y esculpir con trazos vigorosos a esos campesinos analfabetos a los que Lenin llamaba a asumir el gobierno de su país; esos niños huérfanos que soportan días enteros sin nada que llevarse a la boca; esos comisarios políticos que se ponían al frente de sus tropas enarbolando la bandera roja y cantando la Internacional en medio del fuego de una batería de ametralladoras enemigas; esas mujeres que ya no se someten más a las vejaciones conyugales y se organizan; esos cosacos feroces que se emborrachan y cantan…
En las obras de Sholojov no hay personajes; hay personas, seres humanos sencillos arrastrados por el vendaval de la revolución y la guerra, capaces sobreponerse a las condiciones más atroces, organizarse y salir adelante. La tarea de alinear en párrafos un acontecimiento histórico tan gigantesco como la primera revolución proletaria no era fácil; necesitaba una prosa a su altura, y Sholojov la encontró tan admirablemente que hasta la vegetación de las riberas del río Don parece contagiada por la epopeya que se desenvuelve en su entorno. No sólo los pastores pobres, no sólo los veteranos curtidos en cien batallas, no sólo la épica de los acontecimientos: también la corriente espumosa del Don, rizada por el viento nos hace comprender que no estamos sólo ante una metáfora de la historia, sino que la estepa es igualmente grandiosa, y eso tiene en Sholojov una enorme trascendencia porque al río, a los arbustos, a las nubes, al barro y a los trigales, están anclados los campesinos, los soldados, los kulaks y sus luchas revolucionarias.
El río Don no asiste impasible al espectáculo sino que es otro de sus protagonistas y, como todos, no es un ser vivo lineal ni coherente: también está dividido por sus corrientes contradictorias, baja calmoso a veces y agitado otras, porque en una orilla están los rojos y en la opuesta los blancos.
Con antecendentes tan inmejorables, parece obvio constatar que, en el páramo cultural que nos atenaza, no merece la pena preguntar por las novelas de Sholojov en las librerías, pues hace ya tiempo que las retiraron de las estanterías (en los escaparates nunca estuvieron). Localizar sus obras es tarea reservada para los buscadores más obstinados. Pero el premio de su lectura es gratificante. Es el único rincón donde nos encontramos con dos seres desvalidos, dos granitos de arena arrojados a tierra extraña por el huracán de la guerra, de una fuerza inaudita; uno de ellos, el viejo soldado de capote raído y manos ásperas; el otro, un niño vagabundo de piernas cortas y piel sonrosada, que se despide del narrador haciéndole volver la cara para que no le vea llorar. Porque -nos comenta el narrador- no sólo lloran en sueños los hombre maduros, encanecidos en los años de guerra. Lloran también despiertos. En esos casos lo importante es saber volverse a tiempo. Lo principal es no herir el corazón del niño, que no vea cómo por tu mejilla corre, parca y ardiente, una lágrima de hombre… (Del relato de Sholojov El destino de un hombre)
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